Réquiem para una palabreja que está cambiando de significado

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Si hay una vocación que nunca he tenido ni tendré es la de censor. Un censor es juez sin balanza, de pensamiento unidireccional, que actúa con la ética de la convicción limitando aún más una visión periférica sobre lo que juzga. Esa mirada tubular impide la panorámica, por lo que suele no considerar el entorno ni las circunstancias intervinientes en un determinado hecho, acción o conducta. Sufre de ahistoricidad. El censor se parece al violador porque su mayor placer no reside en el acto sino el poder que ejerce sobre la víctima. Se trata de un tema de dominación.
En mi caso reconozco que alguna vez ejercí de implacable censor en mi familia: prohibí tajantemente usar la palabreja “chopa”. Por suerte no hubo bolsones de resistencia (tal vez ponía cara de loco cuando tocaba el tema) y el resultado es que el término no existe entre nosotros. Murió por desuso. Entonces podrán imaginarse el impacto que me causó años atrás cuando unos “jevitos de la Lincoln” subieron a las redes el vídeo de una actividad lúdica que realizaron: ¡La fiesta de las chopas!
En la fiesta se disfrazaron de trabajadoras del servicio doméstico, signo inequívoco de la mujer pobre en la ciudad. Recrearon el ambiente con elementos de un entorno familiar donde impera la escasez. Se burlaban de los manteles de cuadritos rojos; de los jarrones de plásticos para el agua; los vasos con orillitas color oro y sobre todo, de los rolos en la cabeza atrapados en una redecilla. ¡Oh rolo, cuánto desprecio clasista se vomita en tu nombre!
Recuerdo que en los años 60 un vecino (Fernando se llamaba) hacía rolos de alambre dulce; un espiral que cubría con mayita de plástico. Los consumía de clase media para arriba porque las pobres simplemente rizaban su pelo con el cilindro de los conitos de hilo y/o de papel higiénico o simplemente los hacían de cartón. Luego se universalizaron los producidos en serie por la industria del plástico. Cuando las mujeres pobres pudieron acceder al artefacto asaltaron las calles sin ningún rubor, entre otras causas, porque no podían darse el lujo de esperar horas sin hacer nada hasta que se secara el pelo. Entonces llegó la necesidad de diferenciación social y se tomó como pretexto la estética, decretando como de mal gusto mostrarse en público con los rolos en la cabeza. Estos quedaron en el espacio de lo privado, sea la casa, sea los salones de belleza que empezaban a multiplicarse.
Pero la pobreza es realidad y signo, simbólicamente se aprecia con una mirada breve. Y en una sociedad donde impere el valor de cambio su representación incluye el imaginario del entorno, modos del habla, tipo de música, destreza en el uso de utensilios para comer, sexualidad, religiosidad, etc. En conjunto es una constante creación y recreación de la cultura popular en la vida cotidiana. Lo cierto es que la mirada prejuiciosa nunca advierte el drama de ser pobre. Cada pobre carga en su espalda la historia condensada de la opresión y la explotación, y en el caso de las trabajadoras domésticas, la continuidad objetivada en su persona, de una sociedad donde predominaba la servidumbre, en la que no existía un mercado donde mano de obra y capital concurrieran libremente (en término jurídico) al mercado de trabajo.
Quien en este país inició un abordaje serio de la problemática del trabajo doméstico fue la siempre bien recordada Isis Duarte; en un artículo para la revista Realidad Contemporánea lo caracterizó como un trabajo propio de sociedades precapitalistas. Imagino que como al campesinado, insinuó su desaparición con el desarrollo y consolidación del capitalismo en el país. Pero ocurre que ambos se mantienen, se niegan a morir…aunque con dificultades. Para no entrar en sociologismo me conformo con decir que debido a la ley de desarrollo desigual y combinado posibilita la convivencia de modos de producción anteriores al capitalista, pero la lógica de funcionamiento de este último.
Por eso el trabajo doméstico se desarrolla tanto en el espacio de lo privado como en el público. En tanto remunerado, es un trabajador sujeto de derechos. Pero al mismo tiempo su empleador está en el seno de la unidad familiar (no es fábrica o empresa) y los términos de la contratación se realizan a discrecionalidad debido a que no hay regulación legal que llegue hasta ese punto. El resultado es tan obvio que no se nota: extensión de la jornada laboral (estimada en 12 horas como promedio); no pago de horas extras; no incremento del pago en días feriados; todo el vivo en la familia es su jefe; maltrato verbal, psicológico y físico; imposibilidad de socializar (un trabajo realmente solitario a pesar de que es con y para personas); sin vacaciones o con vacaciones no pagadas; seguridad social inexistente; de igual manera, sin derecho a preaviso, cesantía, pensión y jubilación. Además, irrespeto a la privacidad, abuso sexual, en fin, todo lo que se es capaz de negarle a un ser humano que hasta tiene que bañar, pasear y recoger la mierda del perro.
Es cierto que no todo empleador es abusador, también lo es que el Código de Trabajo reconoce derechos, pero nos hacemos los locos o no lo conocemos,y en la práctica les negamos a esa trabajadora o trabajador (cerca del 9% es hombre) lo poco conquistado.
En fin, los jevitos se burlaron de alguien que probablemente estuvo más tiempo cuidándolos que sus respectivos padres, dándole el apoyo y cariño excedentes porque no tuvo el tiempo para agotarlos en sus propios hijos; la que les limpiaba sus culitos angelicales para que mamá “no se ensuciara las uñas”; el sambá donde ejercieron el despotismo a temprana edad; la que rompía reglas y a escondidas les daba una porción del dulce preferido o les llevaba a hacerse el gravindex a la segunda falta sabiendo que a ella, que no cogió gusto, la culparía si la descubriesen. Esa chaperona voluntaria que amparó sus amores furtivos en la edad donde las hormonas matan a las neuronas…mujer que por hacerles la vida más fácil tiene en sus manos una cordillera central en miniatura.
Y esos callos no tienen campanas que les doblen, doblan por ti, por ustedes, jevitos de la fiesta y sus pares… para que sean más respetuosos de la dignidad humana y agradezcan a la vida que no tuvieron infancia atrapados sin remedio en una guardería…como debe ser. De modo que en mi mundo, quien no tiene compasión y asume que el otro está para servirle sin ningún reparo al sacrificio que hace para lograrlo, quien se crea superior por tener más ingresos, quien no sepa convivir con las diferencias, es un desubicado, y en consecuencia, si alguna vez uso la palabreja sería para proclamar a los cuatro vientos que los chopos son ustedes.
Nota: Este artículo estaba terminado cuando leo un trabajo de Miguel D Mena calificando de “choperío fino” a la parafernalia alrededor del concierto carísimo que Jennifer López y compartes ofrecieron el Altos de Chavón. El ingenio de Miguel pagó con la misma moneda y espero que se revuelquen de dolor emocional cuando descubran que ya la palabreja sirve para enmarcar las inconsecuencias de sus frivolidades. Mientras, declaro solemnemente a Miguel D Mena como mi Capitán América particular, paladín de la justicia y vengador anónimo. No lo declaro Linterna Verde porque lo pondrían a marchar y a él no le gusta esa vaina.

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